Intervención con familias en ámbito de la drogodependencia

13/06/2018|

El apoyo familiar en el proceso de recuperación de una persona con problemas de adicción es fundamental y, para que éste sea realmente efectivo, es necesario que los profesionales implicados les podamos ofrecer herramientas adecuadas para que todos juntos puedan ir en una misma dirección.

El primer paso a analizar en las familias donde hay una persona adicta, es el grado de conocimiento que éstos tienen acerca del problema de adicción de su familiar. Esta información nos permitirá diseñar una adecuada estrategia de intervención, tal como a continuación veremos.

INEXISTENCIA DE CONCIENCIA DE ENFERMEDAD

En muchos casos, los familiares conocen parcialmente o nada, la magnitud del problema de la persona adicta, ya que a ésta le interesa ocultarlo lo máximo posible para que nada cambie y mantener el consumo. En el momento en el que sale a la luz toda la problemática, los familiares más cercanos empiezan a entender y atar cabos de muchas situaciones extrañas para ellos, pero que se entienden perfectamente y cobran sentido cuando se destapa el problema: joyas misteriosamente desaparecidas, ausentarse de celebraciones familiares, préstamos económicos para visitas médicas, síntomas depresivos que ocultaban el problema de fondo, etc.

Este tipo de casos se suele dar en:

  • Personas adictas que ya no viven en el núcleo familiar. La pareja o persona que convive bajo el mismo techo suele conocer bien el problema pero lo encubre (co-dependencia), bien sea porque también es adicta o porque extrae algún tipo de beneficio al estar con ella. Los familiares más directos, al no convivir directamente con la persona, tienen más dificultades en dectectar síntoma sospechoso.
  • Padres que pasan mucho tiempo fuera de casa y centran su interés en otros aspectos de su vida (laboral, lúdico, social, etc.).
  • Familiares que presentan una fuerte negación frente al reconocimiento de problemas dentro de la dinámica familiar, y tienen tendencia a normalizar conductas patológicas.
  • Etc.

En estos casos, cuando se destapa el problema, se generan muchos sentimientos contradictorios en los familiares. Aparece una negación inicial para amortiguar el dolor que ocasiona conocer la realidad que durante bastante tiempo había permanecido oculta. Los familiares suelen decir frases como: «No me lo puedo creer, pero si yo pensaba que era una depresión», «Pero cómo lo ha podido tener tan escondido», «Porqué no me pidió ayuda en ningún momento», «Ahora entiendo por qué en las comidas familiares iba tanto al lavabo», «Por eso tenía tantos cambios de humor», etc. En estos primeros momentos de conciencia, asalta la sorpresa, duda e incertidumbre. Algunos familiares necesitan y quieren saberlo todo acerca del problema y empiezan a invadir a la persona adicta sobre los motivos por los que consumía, qué consumía, cómo lo hacía, con quien, desde cuando, etc.

Hay muchos familiares que conocían parcialmente el problema («Mi hijo sólo consume porros y tampoco cada día»), y cuando la persona adicta destapa el problema una vez supera el miedo a lo que sus familiares pensarán, éstos empiezan el trabajo de aceptar la realidad del problema. Dependiendo del grado de negación, puede haber familiares que incluso piensan y expresan que la persona adicta está magnificando el problema y que no era tanto el problema de consumo como ella cuenta. En este caso, el trabajo a nivel de terapia familiar requiere más atención.

Superada esta etapa, emerge la angustia ante una enfermedad desconocida, no saben cómo actuar, necesitan mucha información por parte de los profesionales, pues desconocen la magnitud del problema y cómo hacerle frente. Normalmente, ante una enfermedad física, el médico tiene un remedio que lo cura y las personas nos sentimos que éste lo sabrá solucionar, pero cuando hablamos de trastornos mentales y psicólogos, nos vamos a un terreno pantanoso, misterioso y desconocido, el de la psique humana, un lugar que no tiene una forma física para poder ver y analizar, por eso genera inseguridad y miedo. En este momento, hay que ayudar mucho a las familias, para que conozcan bien el problema, sepan cómo ayudar y sientan que están en manos de unos profesionales expertos. Los grupos de familias constituyen una herramienta fundamental para abordar estos aspectos.

También acostumbran a aparecer sentimientos de rabia hacia las personas que encubrieron la problemática, hacia los amigos o personas que facilitaban el consumo, hacia la sociedad, hacia los profesionales, hacia sí mismos por no haber detectado el problema antes, etc. Esta rabia acostumbra a ocultar otros sentimientos más profundos de tristeza que se irán superando a medida que la persona adicta se vaya recuperando.

Este tipo de familias, acostumbra a ser sobreprotectora con la persona adicta. Entienden que ha tardado tiempo en pedir ayuda, que les ha engañado durante mucho tiempo, pero que el hecho de destapar el problema, ser honesta, decirlo y pedir ayuda, les hace pensar que ya ha cambiado y que ahora es sincera en todo, se creen todo lo que dice, se angustian con las angustias del enfermo, en definitiva, no saben tratarlo. En este caso, hay que ayudar a las familias a entender, que aunque la persona adicta haya pedido ayuda, hay unos comportamientos y valores muy arraigados que tardarán meses en cambiar (deshonestidad, manipulación, baja tolerancia al malestar, etc.) y que hay que estar atentos a ellos para ayudar a la persona adicta a cambiarlos.

En este sentido, se ha dado el caso de padres que en las primeras salidas familiares les permiten todo (no colaborar en casa, levantarse a la hora que quieran, etc.) porque les parece que están enfermos y hay que dejarlos reposar, o bien no cuestionarles nada para que no se enfaden y tengan ganas de consumir otra vez. Estos hábitos hay que poder cambiarlos en los familiares; en este caso, las indicaciones terapéuticas del psicólogo antes de hacer la salida familiar, han de ir en esta línea.

El objetivo de los profesionales cuando las familias están tan desorientadas, es amortiguar el duro impacto de la realidad:

  • Ofreciendo toda la información posible acerca de la adicción, el funcionamiento del centro, el estado emocional de la persona adicta, etc. En estos momentos del tratamiento, las llamadas son casi diarias.
  • Se ofrece la posibilidad de que las familias llamen al centro cuando lo necesiten para hablar con los profesionales y que los tranquilicen. Progresivamente se puede ir observando como a medida que la angustia disminuye, también van disminuyendo la frecuencia de las llamadas.
  • Escuchar y contener la angustia de las familias.

FAMILIAS QUE LLEVAN MUCHOS AÑOS EN LA LUCHA DE QUE LA PERSONA ADICTA SE CURE

En estos casos, la familia sufre un importante desgaste físico, emocional, económico y personal, como consecuencia de todo el esfuerzo invertido en prestar atención y ayuda a la persona adicta, desatendiendo las necesidades propias, durante un largo período de tiempo, a veces, años. Los familiares ya han explicado millones de veces el historial de adicción y aspectos biográficos, han pasado por numerosas primeras entrevistas, grupos de padres, hablado con un sinfín de profesionales (psicólogos, psiquiatras, etc.), etc.

En este caso, la persona adicta y la familia han pasado por un amplio espectro de recursos y profesionales para solucionar el problema, pero éste persiste, con la consiguiente sensación de fracaso e impotencia tanto en la persona adicta, como en los familiares, los cuales viven a diario cómo el adicto se va metiendo en un pozo cada vez mas oscuro y se va deteriorando progresivamente en todas las esferas de su vida. La familia hace numerosos esfuerzos para impedirlo, pero a veces, aunque con la mejor intención de hacerlo bien, contribuyen al mantenimiento de la adicción (ej. darles dinero o no controlar sus cuentas de dinero, irles a comprar droga para controlar lo que consumen, etc.).

Cuando la persona adicta hace petición de ayuda e inicia un tratamiento por enésima vez, la familia puede manifestar tres sentimientos básicamente:

  • Desconfianza hacia el éxito del tratamiento: son muchas las veces que han pasado por este proceso (ingresar al familiar, terapeuta nuevo, grupos de padres donde saben de sobras lo que se va decir, repetir por enésima vez el historial de adicción y aspectos biográficos relevantes, etc.), están agotados, se muestran escépticos y cuestionan seriamente que ésta sea la última vez y definitiva. En muchos casos, hay reticencias a colaborar con las actividades del Centro: asistir a grupos, visitas familiares, etc. En este sentido, es importante no agobiarles demasiado y dejar pasar un tiempo prudencial hasta que los sentimientos se descongestionen y empiecen a ver cambios en la persona adicta.
  • Vacío: Algunas familias tapan el vacío que queda al desaparecer del escenario familiar la principal fuente de preocupación: el adicto, y dedican gran parte del tiempo en preocuparse por cómo estará la persona adicta en el centro, llaman continuamente al terapeuta para pedir información, etc. Con el tiempo, esta sensación remite y aparece el verdadero vacío que ha quedado al dejar de ocuparse de la persona adicta y desatender aspectos importantes de su vida: se han alejado de los amigos, han dejado de cultivar sus aficiones, han desatendido otros miembros de la familia (hijos, pareja, etc.), insatisfacción laboral, etc. En los casos donde haya un miembro especialmente afectado, se le suele aconsejar una terapia individual, que en algunos casos es bien recibida, y en otros pueden aparecer resistencias, «porque tengo que ir a terapia si el problema no lo tengo yo».
  • Rabia: Los familiares están tan agotados de todas las mentiras, manipulaciones, chantajes emocionales, etc. que cuando detectan el más mínimo comportamiento relacionado con ello, reaccionan de forma brusca, agresiva y exigente. No les permiten ni una. Estas actitudes generan sentimientos de fracaso e incomprensión en la persona adicta, que se trabajaran en terapia individual para ayudarla a tomar conciencia de enfermedad y darse cuenta de cómo se encuentra su entorno familiar como consecuencia del consumo.

Todos estos sentimientos, desembocan en una gran facilidad para que las familias se posicionen de forma contundente con la persona adicta si en algún proceso de tratamiento deciden abandonarlo. Muchos familiares expresan: «Ya no podemos más», «Esto va a poder con nosotros», «No aguantamos pasar otra vez por lo mismo», «Es la última oportunidad que le damos», «No le vamos a permitir ni una».

MODELOS DE FAMILIAS INTERMEDIOS

Hasta ahora he presentado los dos modelos de familia que hay en cada extremo: los que desconocían el problema y los que llevan años en el proceso de cura. Entre medio, hay todo un espectro de posibilidades, y explorar en qué situación se encuentra cada familia será determinante.

Cuando ahondamos un poco más en las familias, debemos conceder especial interés en el grado de posicionamiento frente al tratamiento que tiene cada miembro de la familia; es importante conocer los familiares que tenemos a nuestro favor y apoyarán nuestras intervenciones, y aquellos que son más reticentes o que les cuesta más posicionarse.

Para que las intervenciones del terapeuta sean efectivas, es fundamental que «Todos vayamos a una», pues cualquier fisura es aprovechada por la persona adicta para conseguir lo que quiere.

Una vez identificados los familiares que tenemos a nuestro favor, les reforzaremos de forma positiva y valoraremos su actitud; asimismo, les pediremos que hablen con los familiares más vulnerables para ayudarlos a entender la importancia de ir todos a una para que el tratamiento sea realmente efectivo; en caso de no conseguir convencerlos, los familiares se tendrán que posicionar igual que con la persona adicta y negarles cualquier tipo de apoyo o vínculo si contradicen las indicaciones terapéuticas. Esto genera importantes conflictos en la familia que hasta el momento permanecían ocultos (alianzas inconscientes, etc.); de esta forma, salen a la luz y se puede hacer un trabajo terapéutico con ellos, pues casi con toda seguridad, estaban incidiendo en la persona adicta de una forma directa o indirecta. Paralelamente, el terapeuta irá trabajando con estos familiares más vulnerables la confianza, la información sobre la enfermedad de la persona adicta, importancia de posicionarse y herramientas para poder hacerlo.

AFIANZAR EL VÍNCULO TERAPÉUTICO

A lo largo del tratamiento, existen muchos momentos en los que la persona adicta se siente mal y quiere abandonar el tratamiento. El posicionamiento familiar de no ofrecer ningún tipo de apoyo (emocional, físico, económico, etc.) si abandona tratamiento es fundamental. Si el terapeuta tiene este aspecto solucionado, podemos presionar mucho más a la persona adicta para favorecer cambios en su proceso de cura; por el contrario, si no tenemos el respaldo familiar, tendremos que intervenir con la persona adicta de una forma menos confrontativa, ya que existe el riesgo de que abandone la terapia y se quede sin ayuda.

Para conseguir este respaldo familiar, es necesario establecer un adecuado vínculo terapéutico, donde los familiares:

  • Sienten un interés genuino del terapeuta en ayudar a la persona adicta, es decir, un interés en profundizar en la verdadera problemática de la persona adicta y solucionarla de raíz.
  • Sienten una confianza plena en la efectividad del tratamiento y en el método del terapeuta.
  • Sienten que disponen de un espacio y una persona que los escucha, comprende, apoya y orienta en todo momento.
  • Se sienten respetados en las dificultades que los familiares muestran y se ven acompañados en el proceso personal que también van haciendo a lo largo del tratamiento.
  • Se sienten implicados en el proceso terapéutico de la persona adicta; el terapeuta informa de forma asidua de todos los pasos y decisiones que se van tomando, así como las estrategias e intervenciones terapéuticas que se van realizando.
  • Sienten que la persona adicta está «en buenas manos».

ESTRATEGIAS E INTERVENCIONES TERAPÉUTICAS

La familia tiene que cambiar muchos aspectos en la dinámica familiar que hasta el momento estaban manteniendo el consumo. Por mucho tratamiento que pueda realizar la persona adicta, si regresa a su núcleo familiar y «todo sigue igual», será cuestión de tiempo que aparezca de nuevo el consumo (síntoma) para alertar que algo no va bien.

Aspectos importantes para la familia:

  • No asumir responsabilidades que le incumben al adicto

Es importante que la familia se detenga a pensar en todas aquellas responsabilidades que le correspondían a la persona adicta y que poco a poco han ido siendo delegadas a miembros de la familia: pagar facturas, pedir cita al médico, llenarles la nevera de comida, tareas domésticas, etc. Es bueno que la persona adicta empiece a hacerse cargo de su vida, a llenarla de responsabilidades que a largo plazo, les devolverá una adecuada autoestima. En cuanto a las familias, se liberarán de una carga que no les correspondía y dispondrán de mayor energía para si mismos.

  • Marcar límites claros y coherentes

Es importante definir muy claramente las normas y límites dentro de la familia (Ej. «Mi hijo puede salir por la noche pero sólo con sus amigos X y Z, y hasta las 2h») y se ha de transmitir con la misma claridad y contundencia. Habrá límites que no serán negociables en absoluto y límites que se podrán negociar hasta cierto punto. La trasgresión de las normas, ha de implicar una consecuencia negativa que la familia sea capaz de asumirla y suponga algún tipo de coste para la persona adicta.

Una vez se decide una acción, hay que estar dispuesto a ser consecuente con la decisión tomada y llevarla a cabo de forma firme y contundente. Por ejemplo: «Si venimos a verte al Centro y utilizas la visita para convencernos de que quieres irte, cogeremos la puerta y nos volveremos a casa». Este sistema de límites y consecuencias ha de ser estable en el tiempo, no es aconsejable ir variando porque puede confundir a la persona que los recibe.

A veces, estos límites hacen sentir mal a las familias, las angustian porque no están acostumbradas a hacerlo y se mezclan muchos sentimientos; aunque la «cabeza» les dice que actúan correctamente, el «corazón» les juega malas pasadas. Por eso es muy importante que el terapeuta vaya reforzando estos cambios en los familiares.

  • No proteger a la persona adicta o encubrirla

Las familias están acostumbradas a proteger a la persona adicta y encubrirla: pagarle deudas económicas, llamar al trabajo para justificar que la persona adicta no puede ir porque está enferma, cuando lo que le pasa es que se ha quedado dormida porque ha estado toda la noche de fiesta, pagar multas de tráfico, etc. También es habitual que un miembro de la familia encubra a la persona adicta frente a los otros familiares que toman acciones contundentes con ella cuando trasgrede una norma. Dado que estas dinámicas suelen estar instauradas de hace tiempo, se suelen repetir durante el proceso terapéutico, como puede ser, no avisar al terapeuta si en la salida familiar ha incumplido alguna norma, por miedo al castigo. Normalmente, tarde o temprano, estas trasgresiones de límites suelen descubrirse y en ese momento, hay que abordar a las familias para identificar los beneficios ocultos de encubrir a la persona adicta y modificar este patrón de funcionamiento.

  • Aprender a posicionarse ante la persona adicta cuando manifiesta deseos de abandonar tratamiento («cerrar puertas»)

Cerrar cualquier posibilidad de ayuda a la persona adicta es una decisión muy difícil para los familiares; a veces, cuesta entender que ayudarle sea precisamente dejarlo en la calle expuesto a cualquier peligro o al consumo. La tendencia habitual de las familias es apoyarlo, hacerle lado, ocuparse de él… Negar cualquier tipo de ayuda si abandona tratamiento, suele ser vivido por las familias como un acto de abandono e irresponsabilidad. Pero cuando ya han fracasado todos los intentos de ayuda y el problema persiste, la única ayuda posible es no dejar entrar a la persona adicta en casa y dejar que por sí misma llegue a un punto límite donde no le quede más solución que acabar cediendo y enfrentarse a la realidad de su situación. Las familias que toman esta determinación viven un auténtico calvario mientras la persona adicta está desaparecida; a menudo les invaden pensamientos como: «A ver si se va a morir de sobredosis», «Si le pasara algo no me lo perdonaría nunca», etc. Invierten mucho tiempo intentando descifrar donde estarán, con quien, qué harán, donde habrán dormido, etc. Por ese motivo, es muy importante que en estos momentos el terapeuta incremente el apoyo a estas familias y refuerce la decisión tomada. Normalmente, cuando la persona adicta ya ha agotado todos sus recursos y ve que la decisión familiar se mantiene firme, acostumbran a retomar el tratamiento. Las familias aprenden a ejercer su autoridad y se dan cuenta de la efectividad, con lo que van ganando autoconfianza e incrementando acciones destinadas a marcar límites y posicionarse.

  • Ajustar los roles en la familia

Cuando se trata con una adicción, los miembros de la familia de la mayoría de adictos ajustan sus roles de alguna manera para sobrellevarla. Cuando la persona adicta deja de consumir, los roles a menudo necesitan reajustarse de nuevo, y esto puede resultar incómodo. Por ejemplo, una hija de madre alcohólica que ha ocupado la mayor parte del tiempo en consumir y ha desatendido las responsabilidades familiares, domésticas, etc. ocupa el lugar de «madre de la casa». La madre en recuperación puede querer desempeñar su papel de madre y esposa, con lo que tardará poco en friccionar con la hija, la cual también tendrá que aprender a ocupar el rol que le corresponde como hija.
En estos casos, la terapia familiar es de gran ayuda para ayudar a reajustar los roles familiares.

  • Favorecer la comunicación y diálogo dentro de la familia. Aprender a mostrar afectos y sentimientos

Es muy habitual tratar de esquivar aquellos temas de conversación que pueden generar conflictos en la familia o aflorar sentimientos dolorosos. El primer objetivo a nivel familiar, consiste en “vaciar la mochila”, es decir, compartir todas aquellas imágenes, recuerdos, sentimientos, etc. que vamos cargando en una mochila a nuestras espaldas a lo largo de la vida, y que dificultan el camino, impidiendo tener una relación íntima con los demás, nos llena de prejuicios y pensamientos distorsionados, etc.
Es fundamental “romper el hielo” y aprovechar la ocasión para hablar de todo aquello que nunca nos atrevimos a expresar, ahondar y aclarar temas que quedaron pendientes del pasado, compartir sentimientos, agradecer, pedir perdón y perdonar.
De esta manera, saneamos las relaciones familiares y podemos iniciar un nuevo tipo de relación más sincero, sano y adecuado.

  • Asistir a los grupos para las familias

Son grupos conducidos por dos psicólogos, donde las familias comparten sus angustias, inquietudes, miedos y dificultades. También aprenden a conocer el problema de la adicción, cómo afrontarlo, cómo identificar cuando la persona adicta ha vuelto a consumir, estrategias para hacer frente a una recaída, etc. Normalmente, suelen ser de mucha ayuda los consejos que pueden dar las familias más experimentadas a las que están en el inicio del proceso; y viceversa, muchas familias que ya han pasado gran parte del proceso terapéutico, se sienten muy reconfortadas al ayudar a otros familiares que han pasado por su misma situación, y les permite valorar los cambios conseguidos.

CO-DEPENDENCIA

La co-dependencia aparece cuando alguien se centra tanto en la atención a las necesidades de la otra persona, que acaba ignorando las suyas. La persona co-dependiente puede sentir que las necesidades de la otra persona son mayores que las suyas propias. Se suele seleccionar a la persona cuyos problemas parezcan más graves que los propios, y ello deriva hacia una actitud de sumisión y auto entrega.

En principio no hay nada malo en ayudar a alguien, el problema es la intensidad, es decir, cuando esa ayuda va en detrimento del propio desarrollo y autoestima. A veces puede darse el caso de creer que si consiguen complacer a la otra persona, entonces podrá complacerle a él, y se acaba convirtiendo en un círculo vicioso porque como nunca te podrá complacer en todo, porque todos somos humanos y no satisfacemos las expectativas de los demás en todo, siempre te decepcionará, y seguirás invirtiendo tus energías en complacerle en todo lo que haga falta, llegando a situaciones tan absurdas como facilitarle dinero para que consuma y evitar que robe, ceder a caprichos con tal que no abandone tratamiento (regalarle ropa, mini cadena, etc.), etc.

La persona co-dependiente, gradualmente puede quedar atrapada al intentar satisfacer las necesidades ajenas, al igual que le puede suceder a un adicto con la progresión de su adicción. En este sentido, la co-dependencia es, en sí misma, una adicción.

Algunas personas co-dependientes, quizás prosigan este ciclo durante varios años al creerse poseedores de la razón, e incluso creerse superiores a la persona adicta, pensando que ellas guardan un cierto equilibrio en comparación con la más evidente desorganización de la persona adicta. De lo que no se dan cuenta es que permanecen atrapados en la misma cárcel de la obsesión, frustración y falta de satisfacción de la persona adicta. Pueden culparlo de su infelicidad, pero cuanto más se centren en los problemas de éste, y descuiden los suyos, más prologarán su misma agonía. Quizás se sientan superiores, pero suelen ser tan infelices como la persona adicta. La base de la co-dependencia es la fantasía de poder a través del auto sacrificio.

Ejemplo de co-dependencia:

1) “Yo jugaba a las máquinas en las salidas de fin de semana del Centro con mi familia. Mi madre lo sabía, pero yo le dije que no lo dijese a los terapeutas porque entonces me expulsarían del centro”.

2) “Mi madre no lo dijo por miedo a que me expulsasen” (su ganancia era no sufrir, y aunque veía que hacía mal, minimizaba pensando que no sería tan importante como consumir droga).

3) “Al acabar el tratamiento en el Centro lo primero que hice fue ir a jugar a las máquinas. Y mas tarde al consumo”

Los efectos de la co-dependencia se pueden manifestar como enfermedad física, depresión, ansiedad, estrés y/o insensibilidad emocional. A menudo existe una sensación dominante de falta de control, que consume a una necesidad imperiosa de vigilancia. Cuanto más intenta la persona co-dependiente controlar a la persona adicta o a otras personas del entorno, más frustrada se siente. La realidad es que nadie tiene control sobre los demás.

La única solución es que la persona co-dependiente empiece a centrarse en su propia vida, reestablecer una red de apoyo familiar y social, fomentar hobbies y aficiones, dar importancia a su propia salud y cuidado, buscar ayuda en un psicólogo, asistir a grupos de terapia, etc.

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