El impacto de los medios tecnológicos en nuestro desarrollo personal
El ser humano es algo más que un cuerpo formado por cabeza, tronco y extremidades…es más que un funcionamiento interno que nos mantiene vivos como puede ser el proceso de digestión, sueño, metabolismo…incluso más que un cuerpo que siente y se emociona…además de todo esto, tenemos la parte más fundamental del ser humano que sería específicamente el Yo, donde reside nuestra capacidad de hablar, de pensar, de ser creativos, es el lugar donde residen nuestros deseos, nuestros valores, nuestras metas, allí donde podemos encontrar sentido a nuestras vidas. Vendría a ser la parte de nosotros que nos dirige, nos guía y nos indica hacia donde tenemos que ir en nuestras vidas.
De la misma forma que alimentamos y cuidamos a nuestro cuerpo para el correcto funcionamiento del mismo, es importante dar a nuestro Yo el correcto alimento para que podamos crecer y desarrollarnos como individuos libres y plenos.
A continuación, trataré de explicar los elementos fundamentales que configuran nuestro Yo y la forma que tenemos de cuidarlos y alimentarlos; posteriormente, intentaremos reflexionar juntos acerca de si el uso de los medios tecnológicos nos ayudan o no a desarrollar estas capacidades.
Una parte importante de nuestro Yo lo conforma la memoria, que nos da identidad acerca de lo que somos, de nuestra historia personal y del mundo que nos rodea. La memoria se regenera a través de la lectura, la música, el adecuado descanso y alimentación, el ejercicio físico…pero sobretodo, saliendo de las actividades diarias y rutinarias, descubriendo nuevos lugares, conociendo nuevas personas, aprendiendo nuevas actividades, despertando nuestra creatividad, etc.
En la misma línea, el Yo se organiza en su capacidad de concentración, que sería el proceso del intelecto para centrar de forma voluntaria toda la atención de la mente sobre un objetivo, objeto o actividad, sin dejar que otros elementos interfieran en su consecución. Gracias a esta capacidad, nuestro Yo es capaz de llevar a la acción nuestros propósitos de una forma más poderosa.
Otro aspecto importante del Yo es nuestra capacidad de aprender, que sería el proceso de adquirir conocimientos, habilidades, actitudes o valores mediante el estudio, la experiencia y la práctica repetida de aquella habilidad hasta que la conseguimos dominar. Por tanto, el verdadero aprendizaje es aquel que tiene lugar en la interacción repetida y continua con el ambiente. Despertar nuestra capacidad imaginativa es fundamental en cualquier proceso de aprendizaje, pues más que memorizando conocimientos, aprendemos mediante el juego y la imaginación.
Nuestro Yo, también se nutre fundamentalmente de las relaciones que establecemos con las otras personas; esta interacción con los demás, nos permite desarrollar habilidades personales que nos ayudan a sentirnos parte de nuestro entorno y del mundo en el que vivimos. La relación con los demás nos ayuda a conocernos mejor, a practicar y desarrollar tanto nuestras habilidades personales como nuestra capacidad de sentir.
En esta misma línea, otra característica del Yo, sería la capacidad de ayuda, altruísmo o cooperación, que nos permiten dejar salir lo mejor de nosotros mismos en beneficio de los demás. Esta capacidad promueve cambios fisiológicos en el cerebro asociados a la felicidad, aporta un sentimiento de integración y reduce el aislamiento, ayuda a tomar perspectiva respecto a nuestros problemas, mejora la confianza y el optimismo en nosotros mismos y, sobretodo, cuanto más se ayuda a los demás, más nos ayudamos a nosotros mismos.
Por otro lado, nuestro Yo está formado por la voluntad, esto es, la facultad que nos mueve a hacer cosas de forma intencionada, a gobernar nuestros actos, decidir con libertad, y optar un determinado tipo de conducta. Entrenar esta habilidad, supone proponerse retos, salir de la rutina y tratar de hacer cosas de otra manera, exponerte a situaciones de la vida diaria y tratar de resolverlas poniendo conciencia en aquello que vamos decidiendo, tomar iniciativa y actuar ante las situaciones que se nos van presentando, etc.
El Yo, aunque toma en consideración nuestras experiencias pasadas y los proyectos futuros, se nutre de las vivencias del presente. Por eso es importante intentar centrarnos en el aquí y ahora, hacer prácticas de meditación que nos ayuden a vivir y sentir el momento presente, que nos permitan aceptar cómo estamos y cómo nos vamos sintiendo…para tener conciencia plena de nosotros mismos.
Otra cualidad del Yo, es su necesidad de vivir sujeto a unos ritmos regulares que le permitan tomar conciencia del tiempo, para poderse planificar y organizar de forma eficaz y relajada, sin el estrés que supone una vida desorganizada. Comprender cómo va a desarrollarse el día, la semana, el mes o el año, permite aprender a administrar las energías para poder llegar a todo, pudiendo planificar los momentos de descanso para poder recuperar de nuevo las fuerzas.
Por último, el Yo se nutre de nuestra capacidad de sentir, de dejarnos emocionar por las experiencias que vamos viviendo a lo largo del día. Las situaciones más minúsculas pueden despertar en nosotros las sensaciones más vivas.
El desarrollo de todos estos elementos que conforman el Yo, es fundamental para que éste pueda hacerse fuerte, dirigirse hacia la consecución de sus propias metas, no dejarse influir por los impulsos de lo que nos apetece en el momento y asumir las restricciones y limitaciones que la vida nos va presentando. Un Yo débil, hace que la persona se sienta frágil, insegura y perdida, sin saber quien es y hacia donde dirigir su vida.
Una vez detallado el mapa que constituye nuestro Yo, podemos reflexionar acerca de si los medios digitales nutren y alimentan nuestro Yo.
Está claro que los medios tecnológicos son grandes facilitadores de intercambio y acceso a la información y comunicación, fomentan la actividad y mejoran la productividad industrial, simplifican tareas y facilitan muchos aspectos de nuestra vida, pero difícilmente podrán sustituir las funciones que nuestra psique precisa para poder desarrollar nuestro Yo en toda su plenitud. Nunca será lo mismo un paseo por la naturaleza que pasar una tarde viendo una película, ni tampoco un cálido abrazo podrá ser sustituido por el emoticono de un beso, ni una reunión de amigos por una conversación a través de un wasap de grupo.
En la infancia, es donde se adquieren los aprendizajes más significativos que sentarán las bases del Yo, por lo que es muy importante aprovechar este período vital para que el niño se nutra de todo tipo de experiencias, descubra el mundo que le rodea a través del cuerpo y los sentidos, y despierte sus capacidades creativas mediante la interacción con el medio. Cuanto más ricas sean estas experiencias, con más fuerza se desarrollará el Yo. Siempre será más nutritivo un cuento narrado por un padre o una madre, que una película de la televisión, o experimentar la sensación de aburrimiento y aprender a buscar recursos creativos para salir de él, que sentarse frente a una pantalla que te deja absorto durante tiempo ilimitado, o disfrutar de música en directo, que escucharla por los altavoces del ordenador. En este sentido, los medios tecnológicos restan tiempo de calidad para asentar las bases de nuestro Yo para funcionar en toda su plenitud a la llegada de la edad adulta.
La adolescencia, es otra etapa vital de crucial importancia en la consolidación del Yo. Acontecen multitud de cambios en la vida anímica del individuo que van organizando su visión del mundo y su lugar en él. Este tránsito a la edad adulta, genera muchas emociones y sensaciones encontradas que el adolescente tiene que ir resolviendo en su relación con el mundo. En esta etapa, es de vital importancia seguir despertando la voluntad a partir de la curiosidad y entusiasmo renovado por descubrir el mundo desde sus ojos, observar con más claridad la belleza de la forma y el orden en el mundo natural, la lucha para conseguir esas cosas en el mundo humano, el mundo de las ideas, la filosofía y la razón que surge del esfuerzo para entenderlo, el camino interior del individuo en plena etapa de desarrollo que busca su lugar en todo ello. El problema es vivir en un mundo de satisfacción instantánea, sin proceso y sin esfuerzo, donde llenan su tiempo y sus pensamientos de cosas que les gustan y que les divierten y distraen. A veces poder hacer esto durante el máximo tiempo posible es el alcance de sus ambiciones para el futuro, creyendo que la vida adulta se trata de eso. La influencia que tienen los medios tecnológicos y de entretenimiento en estos jóvenes se traduce en una exposición y accceso a cosas que crean hábitos de consumo pasivo; cosas que los insensibilizan y que les proporcionan una visión parcial o incompleta del mundo. Asimismo, se convierte en un recurso fácil y rápido para la adquisición de información y conocimiento que todavía no son capaces de procesar por el momento madurativo en el que se encuentran, incluyendo material pornográfico y de otra índole. Además, ofrece la posibilidad de acceder de forma rápida a redes sociales y relacionarse de forma virtual sin necesidad de enfrentar, poner a prueba y desarrollar las propias capacidades y habilidades interpersonales tan necesarias en este período de la vida.
Según argumenta Marc Masip, psicólogo Director de Desconect@, la edad ideal para iniciarse en el uso de un smartphone, sería alrededor de los 18 años, cuando el cerebro está lo suficientemente maduro como para saber hacer un uso adecuado del mismo. Todos sabemos que hoy día esta recomendación es difícil de sostener, pero si tenemos presente todo lo explicado hasta el momento, intentaremos alargar todo lo posible la edad de inicio, y regalar la nuestros hijos, muchos otros momentos de calidad que le permitan ir llenando su interior de experiencias auténticas.